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Juan Garaizabal: "No me siento mal por no tomarme muy en serio la realidad"

Toda su obra escultura pública se exhibe en diferentes ciudades de Europa, Asia y EEUU. Para este artista conceptual, viajero y buen lector, la literatura ha precedido siempre a su realidad y ha jugado con ella 

El artista Juan Garaizabal.

El artista Juan Garaizabal. / ARCHIVO

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Anna R. Alós

P. ¿Le influye la literatura?

R. A los ocho años mi tío Luis Marsans me regaló Jeux et Loisirs de la Jeunesse de André Roy, experimentos científicos. Quería a toda costa ser inventor y sabio. Lo que hago hoy en día es básicamente seguir dándole la brasa a todo el mundo con "mis inventos", aunque ahora son esculturas.

Con doce años Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, me dio el corte más profundo. Conecté con esa visión de la aventura, en la que hay que solucionar los problemas según van surgiendo para crear individualmente nuevos escenarios. Desde entonces no he dejado de trabajar mi isla desierta ni un solo día. Ese libro me encaminó hacia una forma de viajar que muy pronto se materializó en largos viajes de aventura con mi madre y hermanos. Los que más me marcaron fueron dos. En uno, atravesamos el continente africano desde casa hasta Ciudad del Cabo, montados en un Mercedes Unimog procedente de la guerra del Golfo. En el otro partimos de Pakistán y seguimos toda la muralla china desde su inicio para terminar en Pekín.

P. Instaló en París su taller de escultura.

R. Estuve viviendo en una peniche atracada en el Sena. Era apasionante, le pegaba duro a la literatura francesa en un momento en que yo estaba estancado en mis proyectos en la ciudad. Compré, en los libreros de segunda mano La espuma de los días, de Boris Vian. No era mi primera novela surrealista, pero es la que me mató. Viajando en tren hacia Suiza, me alineé totalmente con esa historia de habitaciones que se encogen, nenúfares que crecen dentro de una amiga y más detalles que en mi cabeza siempre habían sido parte de la realidad que yo captaba. Tenía delante, escrita, mi manera de ver las cosas. Desde entonces no sólo no me siento mal por no tomarme muy en serio la realidad, sino que lo hago a conciencia. Mis proyectos avanzaron poco tiempo después de la vuelta de este viaje.

P. ¿Más sacudidas literarias?

R. Mi amigo de infancia, José Luis Segimón, me coló El manaltial, de Ayn Rand, en un momento delicado de mi carrera y de mi vida. Con esa novela comprendí mucho mejor las renuncias sin posibilidad de remisión que debía asumir para ser quien yo quería ser. Dejé de perder una energía terrible en revisar las alternativas que no eran para mí. Me liberé, o me esclavicé más aún al arte. El latigazo más reciente ha sido la recomendación de una periodista, Las Ciudades Invisibles, de Ítalo Calvino.

'Robinson Crusoe'

Autor: Daniel Defoe

Editorial: Austral

512 páginas. 11, 95 euros

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