CRÍTICA

Gabriel Ferrater, más allá del mito

El poeta y crítico literario Gabriel Ferrater

El poeta y crítico literario Gabriel Ferrater

Jordi Amat retrata en ‘Vencer el miedo’ al poeta catalán que optó por el oficio del vivir extremo y fue uno de los activistas del cambio de las culturas hispánicas de la segunda mitad del siglo XX

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J. C. Iglesias

Gabriel Ferrater (1922-1972) fue un desastre. Neurótico, alcohólico, mujeriego, endeudado, un tipo que vivió siempre a salto de mata: acabó la carrera de Filología cumplidos los 46 años y nunca tuvo trabajo estable. Para nada el yerno deseado. Pero fue también un esmerado matemático, un metódico gramático, un venerado profesor de cafetería, un sabio crítico de arte y literatura, un lector voraz y políglota y, sobre todo, el gran poeta que se empeñó en airear las culturas hispánicas de la última mitad del siglo XX y que, con solo tres libros, revolucionó la poesía en catalán y, en sintonía con su camarada Jaime Gil de Biedma, la de las otras lenguas del Estado. 

De ahí al mito solo hay un paso. Ferrater es algo más que un personaje. Así lo abordó Justo Navarro en su librito F. (Anagrama, 2003) atrapado por su escritura y sabiduría, pero también por una vida que concluyó por decisión propia 23 días antes de cumplir los 50 años, como el mismo poeta de Reus había anunciado con una década de antelación. Pero es el filólogo, ensayista y columnista Jordi Amat (Barcelona, 1978) quien ha logrado con este Vencer el miedo (Tusquets, 2022) oxigenar de mitologías a una figura que hizo de la blasfemia intelectual su herramienta para poner en hora a la cultura catalana y española con la Europa civilizada de la posguerra. Amat nos ha entregado un relato de no ficción fiel a sus empresas de ensayista, condición acreditada en obras como Las voces del diálogo. Poesía y política en el medio siglo (2007), La primavera de Múnich. Esperanza y fracaso de una transición democrática (2016) y el singular El hijo del chófer (2020), el retrato del pujolismo y la corrupción en Catalunya de la mano de un tipo tan siniestro como el periodista y abogado Alfons Quintà

Es conocida la atracción de Amat por los españoles que alternaron la militancia democrática, el activismo cultural y la creación intelectual. "Nuestros padres fundadores", como le gusta decir al propio autor para referirse a una generación –algunos jóvenes belicosos, muchos niños de la guerra– a la que se le hizo insoportable el hedor y el terror del franquismo y que decidió hacer lo posible por cambiarlo. Ferrater fue uno de los más aventajados, más intelectual que político, y con una biografía de leyenda. Pese a ser consciente de que el personaje "se te resbala de las manos", Amat es responsable de un trabajo ejemplar y documentado, escrito con precisión de cirujano, sin renunciar al latido del buen narrador. Las primeras cien páginas son de referencia para cualquiera que quiera acometer una biografía, y ese retrato de una familia y de una sociedad adquiere un valor que por sí solo justifica el libro. 

El escritor Jordi Amat

/ MARTA PÉREZ

El miedo y la incertidumbre de la Guerra Civil pronto encontró aposento en la casa de los Ferraté (Gabriel añadió una r final a su apellido). Era una de las familias de burguesía liberal, catalanista y modernizadora de la entonces pujante Reus que sufrió las consecuencias del golpe anticonstitucional de Franco, los cambios de ciclo económico y las erróneas decisiones empresariales del patriarca. La decadencia se consumó cuando Ricard Ferraté suscribió una póliza de seguros que cubría el suicidio y meses después puso fin a su vida con la esperanza de dejar bien situados a viuda y tres hijos. A partir de ahí, a lo único que los Ferraté dejaron de temer fue a la muerte. No solo el poeta abandonó este mundo por mano propia y con anuncio previo, también lo hizo su madre y su hermano Joan, profesor y poeta también, merecedor de otra biografía, que resumió con una de sus frases a esta familia de tragedia: "Vencer el miedo sería lo mismo que suicidarse".

La fascinación siempre fue del brazo de aquel Ferrater delgado, pelo tempranamente canoso, gafas oscuras y de genética elegancia: una mixtura entre la distinción de Cary Grant y el canallismo de Jean-Paul Belmondo. A su atractivo físico se sumó una mente privilegiada no solo para las letras, también para la lingüística y las matemáticas, con don de lenguas, voracidad lectora y una capacidad de trabajo insólita para alguien con una vida laboral en el alambre, pese a las ofertas de editoriales, universidades y organismos internacionales. El otro rostro, o tal vez el mismo, el del hombre atormentado, obsesionado por las mujeres jóvenes (tres serían esenciales en su vida: Helena Valentí, Jim Jarrell y Marta Pessarrodona) y acorralado por la neurosis y el alcohol.

Amat pone en su sitio a los adictos al malditismo de leyenda, para quienes Ferrater es un héroe. Pese al lado salvaje que frecuentó el de Reus –"ni cuando parece que podría dar estabilidad a su vida, Ferrater tiene paz de espíritu", escribe–, su protagonismo es el del gran poeta que contribuyó con otros autores a fracturar la tradición lírica catalana y española con tres libros escritos en su lengua natal y reunidos en abril de 1979 para su versión en castellano con el título Mujeres y días (Seix Barral), desde 2018 disponible en Austral en las ejemplares traducciones de tres gigantes: José Agustín Goytisolo, José María Valverde y Pere Gimferrer. El premio Nobel irlandés Seamus Heaney también cayó capturado por aquellos versos de amor y desdicha y así lo reflejó en el prólogo de Women and days (2004).

La lectura de aquel tomo con casi todos los poemas de Ferrater causó una conmoción a los adolescentes letraheridos de la Transición, similar a la que provocó Gil de Biedma con Las personas del verbo (Seix Barral, 1975, 1982). A ambos autores, también al asturiano Ángel González, se les debe la paternidad de una de las tradiciones más feraces, también excesivamente epigonal, de la poesía de las lenguas peninsulares de los últimos cuarenta años, la bien catalogada como "figurativa" (José Luis García Martín) o la erróneamente denominada "de la experiencia". "Dejemos ahora a ellos que hablen,/ a los vástagos de lo que entonces nos dijimos./ Tus poemas y los míos como una antigua broma nuestra": son versos de Gil de Biedma dedicados a su colega de Reus y con dardos para su descendencia literaria. 

Ese mismo seísmo lo había provocado Ferrater décadas antes. No solo con la publicación de su primer poemario, Da nuces pueris (1960), que puso contra las cuerdas a los patriarcas de les lletres, titanes del XX como Joan Maragall, Carles Riba, Salvador Espriu, Josep Carner, J. M. Foix, Joan Oliver y Joan Vinyoli; también con el misil que lanzó en noviembre de 1953 desde la canónica revista Ínsula, un tótem de la literatura española. Con su artículo Madame se meurt… clavó un puñal en el corazón de la intelectualidad patria al afirmar que el empeño desde la generación del 98 hasta las de la posguerra de homologar las literaturas españolas con las de Europa había fracasado. El otro estaba reservado para los de casa, cuando apuntó que la cultura catalana agonizaba y no por la represión franquista, sino por la hegemonía de la lírica que arrinconaba otras expresiones literarias. Amat da cuenta de cuál fue la artillería de réplica a Ferrater. "Un terrorista intelectual", le espetó Espriu.

Más allá de las provocaciones, tan del gusto de Ferrater, el comando que formó con Gil de Biedma sirvió para orear la poesía estabulada en la retórica y la artificiosidad de las tertulias de café con leche. No fue necesario recurrir a los malabarismos de las vanguardias, sino adentrarse por las sendas del realismo lírico, donde la cotidianidad y el coloquialismo acompañan la reflexión moral, en sintonía con la contemporaneidad de otras culturas vecinas. Venerar a Ausiàs March no implicaba ser ajeno a Hardy, Frost, Auden, Pavese o Larkin. El premio Cervantes Joan Margarit proclamó su fe ferrateriana: el poeta de Reus fue la "cabeza de puente desde la cual la poesía catalana entrará, plenamente normalizada, en el último tercio del siglo XX". Palabras que es obligado extender a las escrituras poéticas en todas las lenguas hispánicas.

Su sabiduría no solo quedó en sus libros, también hubo reseñas de arte, restos de un dietario quemado, traducciones, notas para ediciones y, sobre todo, clases magistrales, alguna en la universidad, la mayoría en bares con un gin-tonic en la mano hasta altas horas de la madrugada. De todo ello poco queda, aunque la secta ferrateriana persiste en su empeño de recuperar el legado oral de una de las mentes más inteligentes de las letras españolas. Amat ha vencido el miedo a la leyenda y ha logrado con su retrato acercarnos a un Ferrater entero, como dijo Margarit en tres versos, "al joven viejo sustituido por el mito/ hecho con alguna verdad/ y la ceniza de tantas elegías".

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