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Llega el 'televeraneo'

Novelas que, por sus temáticas, incitan al calor y a la playa entre un tinto y una canción del verano

El cantante Georgie Dann presentando el nuevo baile del verano, en Madrid (1999). 

El cantante Georgie Dann presentando el nuevo baile del verano, en Madrid (1999). 

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Antonio Puente

"Puedes nadar, pero no te puedes bañar". Recuerdo la cara de perplejidad de aquel agente al reparar en su propia orden. Era una mañana radiante del tardoconfinamiento, en un dique de aguas transparentes, cuando se acababa de levantar la veda a los deportistas, y uno contemplaba con desconsuelo, toalla y chichas en ristre, las hileras de lycras cachas. Inmejorable metáfora del doble-vínculo que se empoderó de nuestras vidas desde que la mascarilla se hizo menos mortaja, y el doctor Simón conminaba a la prudencia al grito de "¡Lázaro, levanta!".

Así, desde el oxímoron de "la nueva normalidad" al lapsus de confundir distancia física con "distancia social"; de telever partidos de fútbol que, sin público, se jugaban en casa fuera de casa, al salto a la torera del lenguaje inclusivo entre el covid y la covid. De golpe, aprendimos que la mayoría de los curros no son "esenciales", y el teletrabajo adelantó en años luz la mentalidad telemática. ¿Existirán, correlativamente, las televacaciones, el teledescanso, un estival no bajar la guardia, con las neuronas semejantes a una familia de chinos que durmiera, con un ojo abierto, en la trastienda de su bazar?

Calor y playa a una semana de que acabe la primavera.

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Haber experimentado 40 grados a la sombra desde semanas antes del 40 de mayo refuerza aún más el disloque entre el tiempo físico y el tiempo social. Es cierto que se levanta ahora la veda para dar con un tiempo peculiarmente elástico, zumbón y diletante. Pero, en la medida en que, sin cambiar de portátil, se confunden los cauces entre ocio y negocio, o entre hipótesis de vacación y de trabajo, caen los atributos del verano.

Al margen de productos asociados, consumibles en cualquier época del año, como la "canción del verano" o el "tinto de verano" (o "las bodas de la cerveza y el verano", que oficiara el poeta), más allá del olor a jara de la sierra y de lo locos jipíos de vencejos, se ralentiza lo específico de esta estación ralentizada. Quizás sabemos que es verano sólo porque ya ha dejado de ser primavera en El Corte Inglés. Y porque –en los mejores casos- las empresas dejan de embarazarnos y nos dan el mes para que vivamos el período a pierna suelta. Mientras la luz se alarga y calienta, el deseo se vuelve más consciente, y, a la vez -acaso como antídoto de la provisionalidad-, nos volvemos más ingrávidos.

Más que un tajo cualitativo, las secuelas de la pandemia han supuesto un acelerador y un reforzamiento, una especie de zoom, sobre las contradicciones que este extraño siglo venía arrastrando ya desde su rota cuna (la demolición de las Torres Gemelas, que extendió el engorro en el acceso a los aviones). Con el teletrabajo y el cambio climático, se radicaliza el elocuente parte de Agustín García Calvo: "Cuando insisten tan obstinadamente en proclamar que hace frío en el invierno y calor en el verano (pues, ¿qué sería, si no, de los abrigos de astrakán y de los hoteles a la vera de las playas?) no puede uno menos de sentirse invadir por la desconfianza".

Con el verano a zulo privado que propicia el encierro con el ordenador en cualquier paraje, no queda ya tan clara la polarización entre el extendido afán de ligar bronce y la antigua costumbre de preservar marfil. Parece mentira que, a 80 años del mítico Verano del 42, lo bélico perviva en Europa este verano del 22. También la posibilidad del amor, que, en pleno duelo por la finada barbacoa de Georgie Dann, estará, como en el film, más próximo al recuerdo que al subidón de "Yo sé que este verano te vas a enamorar", instaurado por Palito Ortega desde el verano del 69.

Se recupera, sí, el bello endecasílabo de la novela de Esther Tusquets: El mismo mar de todos los veranos; y el pronóstico umbraliano de Mortal y rosa: "Verano es eternidad razonable". Sin embargo, pese a la ilusión de atemporalidad, ya no se trata tanto de un vaciado específico en el almanaque cuanto de una actitud o un estado de disponibilidad. Zafarse, por ejemplo, hacia dentro del agua. Ni que decir tiene que aquel indulgente agente (otro doble-vínculo) de hace dos o doscientos estíos, me permitió el chapuzón. "-¿Y cómo puedo nadar sin bañarme?". "-¡Hombre, no vale con lanzarse y hacer solo uno o dos largos!". Me hice tres.

'El mismo mar de todos los veranos'

Autora: Esther Tusquets

Editorial: Anagrama

230 páginas. 9, 9 euros

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