MICROUNIVERSO SARAMAGO

Una isla y una agenda

José Saramago con su mujer y traductora, Pilar del Río.

José Saramago con su mujer y traductora, Pilar del Río. / Martínez de Cripán - EFE

Por la embajada cultural instalada en su cocina desfilaron amigos como Bernardo Bertolucci, Pedro Almodóvar, Susan Sontag o Ernesto Sábato ante la indiferencia de los tres perros del escritor, Camoens, Greta y Pepe

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Charo Ramos

En La intuición de la isla, el hermoso volumen entre el ensayo y las memorias que Pilar del Río ha dedicado a los años de José Saramago en Lanzarote, está muy presente la idea de la hospitalidad. Cuaderno de campo y libro de vida, está lleno de calidez, de brazos abiertos. Su prosa limpia y azul, con ecos de Sophia de Mello Breyner Andresen, nos convierte en húespedes de la residencia familiar en Tías, A Casa, que guarda dieciocho años de la vida de Saramago y se convirtió en casa-museo en 2011. Por la embajada cultural instalada en su cocina desfilaron amigos como Bernardo Bertolucci, Pedro Almodóvar, Susan Sontag o Ernesto Sábato ante la indiferencia de los tres perros del escritor, Camoens, Greta y Pepe.

Saramago llegó a la isla en 1992 tras la polémica originada por El Evangelio según Jesucristo, que el Gobierno de Cavaco Silva había proscrito. El autor quiso poner distancia con un Gobierno que no respetaba los valores surgidos tras la Revolución de Abril y llamó a sus cuñados, que vivían en Lanzarote, y cuya casa había visitado previamente. Nueve meses después empezaba a habitar A Casa. "El hombre que nació en la aldea de Azinhaga va camino de una isla, se aleja de sus paisajes habituales y del idioma que le formó y en el que se mueve y respira", glosa Pilar del Río de una decisión que transformaría también su vida en común. Tras Ensayo sobre la ceguera, ella tomó el relevo del traductor Basilio Losada y sería quien vertiera al castellano toda la obra posterior del escritor, que completaba dos folios diariamente. Sus comentarios sobre la génesis y el contexto de los libros que el Nobel creó en el último ciclo de su vida son otro acierto de esta cartografía de la memoria.

La anfitriona se esconde tras una insobornable elipsis, al igual que ocurre con su entrada en otra de las grandes novedades editoriales del Centenario: Saramago. Sus nombres, el álbum biográfico que han editado Alejandro García Schnetzer y Ricardo Viel y que propone un autorretrato del Nobel a través de los retratos que él hizo del mundo. Entre los hallazgos de este volumen editado por Alfaguara está el acercar muchos textos políticos de los años 70, poco conocidos y aún no traducidos, así como mostrar toda la variedad de la obra de Saramago: cuentos, poemas, ensayos, diarios, teatro, crónicas, memoria y hasta editoriales periodísticos.

En la última sección de Saramago. Sus nombres, dedicada a las personas que compusieron su universo particular, no faltan autoras como Agustina Bessa-Luís y Lídia Jorge, o la pintora Graça Morais, que revelan los gustos culturales de quien leyó con provecho a Marguerite Duras y Florbela Espanca, o tradujo en tres ocasiones a Colette.

Queda sin texto, como despedida, la entrada dedicada a su esposa. "Simplemente el silencio nos pareció la mejor explicación", confiesa Alejandro García Schnetzer, antes de recordar que Mario Soares contaba que un día le preguntó a Saramago si Pilar había sido en su vida más importante que ganar el Premio Nobel. "Não tenho qualquer dúvida", le confió. Por ello sólo vemos la fotografía de la agenda de José Saramago de 1986, que el día 14 de junio de aquel año anotó con su pulcra caligrafía que a las 14:00 conocería a Pilar del Río.

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