CRÍTICA DE LIBROS

'Stitch', de Richard Stern: las almas perdidas en Venecia

Es difícil contradecir la afirmación de que la de los canales es una ciudad espléndida para morir

Venecia, donde se desarrolla la novela.

Venecia, donde se desarrolla la novela. / ARCHIVO

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Mauricio Bernal

Ambientar una novela en Venecia conlleva ciertas obligaciones. Las conlleva ambientarla en cualquier lugar, ciudad o no, pero Venecia impone unas coordenadas particulares. Se puede trazar una línea recta que atraviesa, por ejemplo, Los papeles de Aspern (James) y La muerte en Venecia (Mann) antes de venir a aguijonear esta Stitch, de Richard Stern, que es, si se puede decir así, quintaesencialmente veneciana. Venecia atrae a ciertos personajes, y por extensión, ciertas historias.

Es difícil contradecir la afirmación de que Venecia es una ciudad espléndida para morir, o impugnar su condición de habitáculo del amor incomprendido. Pero es más que eso: hecha para atrapar, diseñada para perderse, decadente y suntuosa, Venecia es ella misma un personaje, otro nombre en el reparto. Hay que comprenderlo antes de soltar a los personajes por sus canales. Venecia propicia ciertas historias y cierra la puerta a otras. Lo comprende cabalmente Stern, novelista y cuentista estadounidense de los que tienen más admiradores en la profesión que, por desgracia, lectores entre la masa librófila. Lo comprende y se deja llevar.

El escritor Richard Stern.

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Stern, hombre del siglo XX, publicó una veintena de obras de las cuales Stitch es la segunda que la editorial Siruela traduce al español; la primera, muy recomendable, fue Las hijas de otros hombres.

Quien haya leído una reconocerá la prosa de Stern en la otra: elusiva, elegante, cincelada para burlar el cliché. Llena de imágenes y metáforas. Acaso porque Stitch fue su cuarto libro y Las hijas…, el quinto. Quizá. Por lo demás, no podían ser más distintas. Las hijas… es una novela estadounidense. Stitch, una novela veneciana.

Nos hallamos a principios de los 60 y tres personajes coinciden en Venecia: de un lado, Edward Gunther, estadounidense, prototipo del escritor que se acerca a los 40 sin que la diosa fortuna haya reparado en su existencia. Casado y con tres hijos, arrastra a la familia a Venecia en busca del esquivo guiño. De otro lado, Nina Callahan, joven poeta embarcada en su propia búsqueda, tanto literaria como vital. Vive en la ruina, come de fiado, siempre espera un milagroso ingreso que la saque de apuros; peor aun, las musas no parecen venir en su ayuda.

Finalmente, el personaje que da título a la novela, Thaddeus Stitch: el escultor ya entrado en años que ha conquistado su particular Olimpo, solo para darse cuenta de que apenas tiene importancia. La historia transcurre en invierno en una Venecia brumosa, y lo que se teje entre estos tres extraviados es lo que la hace avanzar. La habitan los grandes temas, el arte, el amor, la trascendencia, pero también la recorren la rutina y la mezquindad. Pues Stitch está hecha con la materia que hace al mundo: la hondura de estar aquí y la conciencia de que no es tan importante. Para profundizar en los matices, Stern va cambiando el punto de vista y se entrega al monólogo interior. Y puesto que Venecia es un personaje, abundan las descripciones de ciudad, y así, Stern la hace hablar. De la obra resultante brota algo así como el deseo de viajar allí para visitar a sus criaturas. No para darles consuelo, porque son inconsolables. Si acaso, para brindarles comprensión.

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